O tres visiones desde un autobus nocturno.
Última hilera de asientos. Encogido, tratando de pasar desapercibido. De mirada ausente, y sonrisa forzada, trata de no ser el foco de atención de ninguna mirada curiosa, y agacha un poco más la cabeza. Innumerables arrugas surcan su cara y sus manos. Una chispa de culpabilidad brilla en sus ojos. Culpable de existir, de ser una carga para una sociedad egoísta, cuyos valores y respeto se perdieron con el humo industrial. Solo espera a su parada, si es que existe, para ocultarse del mundo en movimiento que le mira acusador. Se encoge un poco más, deseando hacerse invisible a cualquiera.
Se apoya contra el marco de la puerta, bien peinada, maquillada, y con su bata rosa. El tinte no es suficiente para cubrir las innumerables canas que su cabeza alberga. Mira el autobús pasar, escrutando a su paso a todos quienes nos hallamos en el interior. Como todos los días, sale a contemplar el paso del transporte público porque no tiene nada mejor que hacer. Está sola, la televisión muestra las mismas imágenes de todos los días, el locutor de radio hace tiempo que dejó de relatar con voz monótona las noticias de las once, ahogado en transistores rotos, y la fatiga de la edad se deja sentir en las manecillas del renqueante reloj.
Son unos pocos cartones los que le separan de una ciudad que hierve en estrés. Unos pocos cartones que no son suficientes para aislarle del frío, su único compañero de fatigas desde que la sociedad le dió la patada. Ahora, refugiado en un brick de vino barato, implora a la buena voluntad de elegantes Señores que alegremente desperdician los beneficios de su último ejercicio empresarial en brillantes máquinas recreativas de azar mientras apartan la vista del pobre vagabundo, aquél a quien Niké despreció, temerosos de correr su misma suerte.
Cuántas veces esquivamos, evitamos, o nos compadecemos de aquellos que están solos, sin darnos cuenta de que en realidad solo huimos o nos compadecemos de nosotros mismos, tan solitarios o más que ellos en nuestro interior, un interior que tratamos de blindar para que no se proyecte hacia fuera, y que en realidad solo conseguimos impedir que nada llegue a él y lo llene, dejándoselo en bandeja a Érebo.
Escuchando... Soulitude (Overkill)