O una nueva improvisación a altas horas de la noche.
Hoy había luna llena. En lo alto del oscuro cielo, contemplaba una ciudad bulliciosa, llena de vida. Una ciudad de la que, por unos momentos, y mientras devolvía la mirada a la luna, me desligué, me abstraje, una ciudad de la que, en esos instantes de tiempo, no formaba parte, sino que giraba a mi alrededor con velocidad vertiginosa, centrada de un eje con dos extremos: En uno de ellos, yo. En el otro, el astro.
Siete de la tarde, y el sol comienza a ocultarse tras el horizonte. Apoyado contra la ventana, y a través de la pupila reflejada en el cristal, oteo, desde mi puesto de observación, planta 2 de una biblioteca practicamente vacía, el ocaso de un día más en una sucesión cuya cuenta perdí hace eones. Un escalofrío me recorre la espina dorsal. Nuevamente, ese abatimiento. Tristeza por el recuerdo de un tiempo que nunca existió.
El metro, las entrañas visibles de la ciudad, la savia a través de la cual nos dejamos llevar de un lado a otro de ese rugiente organismo de hormigón, asfalto y cristal. Caras sin rostro, todas la misma. Risas, llantos, conversaciones y monólogos ahogados por la música, por las seis cuerdas y el doble bombo. Indiferencia.
A un lado, la urbe. Del otro, un bosque recorrido por una cicatriz con dirección A Coruña. En días como hoy, es un posible simil de mi estado. Mientras tanto, la luna llena sigue mirandome, y me brinda una sonrisa afable.