Anoche volvió aquella pesadilla infantil tan recurrente en épocas de enfermedad. Anoche la comprendí, en la medida en que se puede comprender un sueño. La figura solitaria era yo, y aquello que crecía y gritaba a mi alrededor era el vacío, el infinito vacío en expansión, cantando su música de las esferas, mirándome con ojos acusadores. Y así, contemplándome a mi mismo desde el exterior, era capaz de sentir cómo, en un universo donde solo existía yo, me encogía, menguaba, hasta hacerme infinitesimalmente pequeño.