O todo lo que una jaqueca te hace (o deja) pensar
El aire a tu alrededor se comprime, y tu cerebro amenaza con salirse por tus orejas. Detrás de tus globos oculares sucede alguna reacción química extrañaque desata pequeñas detonaciones nucleares. En los tímpanos, mientras tanto, mil alfileres se te van clavando en grupos de 20. Hasta el último engranaje mental chirría, se retuerce y oprime.
Desde luego, la sensación no es agradable.
Sin un motivo aparente, sin una causa que puedas asimilar como razonable, de repente, ahi está, una jaqueca. Me vuelvo irascible, no me entero de más de la mitad de las cosas que suceden a mi alrededor, y si hay algo que deseo con fuerza, es desaparecer de la faz de la tierra durante lo que queda de día. La verdad es que, visto así, no difiere mucho de cualquier otra jornada... Solo que la cabeza me duele más. Ayer fue uno de esos días. Cerca de ocho horas desde que empezó hasta que, finalmente, me refugié en la cálida oscuridad de mi cuarto, separado del resto del mundo por las mantas que me cubrían hasta la cabeza.
Curiosamente, es cuando la cabeza más te duele, cuanto más aislado intentas estar, cuando reparas en mil y un detalles del mundo, del incordioso mundo, que te rodea. La más importante, la gran cantidad de ruido molesto al que estamos diariamente expuestos. Gente gritando, vehículos de todas las formas, tamaños y colores pasando de un lado a otro con prisa, bebés llorando... y obras. Será por obras... Pero bueno, eso sería motivo para una entrada aparte, no quiero entrar en detalles ahora.
Llamadme raro, pero de vuelta a casa, para intentar paliar un poco mi migraña, puse la música a todo volumen. ¿Loco? No lo niego, pero si he de escoger entre un ruido que me es agradable, y los sonidos de la ciudad, me quedo con lo primero. Por norma general, los segundos suelen pasar bastante desapercibidos. Vivimos 24 horas inmersos en lo que ahora se ha puesto tan de moda llamar "contaminación sonora" y, muy a nuestro pesar, nos hemos acostumbrado a ello. Nos hemos amoldado tanto a la situación, que lo que realmente nos sorprende es la calma, el silencio. ¿Alguna vez te has asomado a la ventana un miércoles a las tres de la mañana? Si no coincides con el camión de la basura, el panorama es sorprendente, y por añadidura, muy recomendable.
Pero cuando el ruido te duele, es cuando reparas en ello. Mil y una estridencias, emitidas desde distintos orígenes, pero con un objetivo común: tus oídos, en conexión directa con tu palpitante cerebro. Demonios, ¿es que nadie piensa en un pobre viandante con dolor de cabeza? El ruido nos condiciona, hemos de adaptarnos a él, y cada vez va en aumento... Una buena calidad de vida es, a la fuerza, incompatible con el estruendo de la vida diaria en la ciudad. Y sin embargo, resulta totalmente inconcebible lograr un alto grado de comodidad en la vida diaria sin esa incomodidad a la que, hasta ahora, parece ser que poca atención se ha prestado a la hora de ser resuelta...
En última instancia, siempre servirá el viejo remedio de Gelocatil + Ocho-horas-de-cama, y al día siguiente, fresco como una rosa, con los oídos adecuadamente preparados pasa obviar la mitad de los ruidos del entorno, y las baterías el MP3 bien cargadas para sepultar el 50% restante a base de riff machacón, voz rasgada y doble bombo...
Sabio es la palabra que define a Fray Luis de León y su "A la vida retirada"...
Ninfa — 08-02-2006 20:00:02
nuria — 03-03-2006 00:15:35