O...
Silencio. Una puerta cerrada, y cuatro paredes que me recluyen. Sobre la mesa, un libro a medias, y una taza de café humeante. Rodeado de estantes cargados de recuerdos, imágenes y vivencias, que el tiempo relega al olvido. A través de la ventana, la misma imagen de siempre, un paisaje urbano gris y deshumanizado, y el reflejo de mi maltrecha figura en el vidrio.
Soledad. Aislado en mi mundo interior, forjado con alegrías y decepciones, compruebo que mi espíritu no dista mucho de lo que contemplo a través del cristal. Presiono un botón, y las notas empiezan a inundar el aire, acompañandome y acariciándome. Nuestra canción. Nunca la escuchamos juntos, en ningún momento llegamos a compartirla, e incluso llego a plantearme si acaso ella sabrá que esta pieza existe. Y sin embargo, he soñado tantas veces que, fundiéndome con ella en un abrazo, nuestras cabezas apoyadas la una en la otra, disfrutábamos de la música, que ya me resulta imposible no ligarlas en mi mente. Desde el mismo momento en que, escuchando por primera vez la canción, pensé en ella, sus destinos se unieron inexorablemente.
Melancolía. Es el sentimiento que bulle en mi interior cuando pienso en ella. Paradójico, pues no es más que una figura sin rostro, una silueta envuelta en sombras. Y sin embargo, es como si la conociese desde tiempos inmemoriales. Me inunda la sensación de que ya estaba allí antes incluso de mi nacimiento. Mi musa particular. Por eso, sigo aquí, en este cuarto, escuchando nuestra canción, a la espera de que, algún día, ella escuche la melodía y se acerque a indagar. Porque entonces, el velo caerá, y mis anhelos finalmente tendrán rostro.
El eco de las últimas notas va desapareciendo en el aire, y la puerta sigue cerrada. ¿Dónde estás?
FDIero — 29-01-2006 14:27:46